La lluvia repiqueteaba lenta y cadenciosamente durante la noche, en el viejo bosque de Aki, donde tan sólo se oía el suave murmullo de las hojas centenarias mecidas suavemente por el viento y el agua. En cierto modo, este era el escenario perfecto para que se sucedieran una serie de hechos mágicos y prodigiosos, que encadenarían los destinos de los hombres que participaron en ellos para siempre. Esta no es una historia de aventuras, pese a que puede hacer saltar de emoción a los corazones. Tampoco es una historia de brujas para asustar a los niños antes de irse a dormir, aunque haya gran número de hechos sobrenaturales y misteriosos en ella. Esta es, sin duda alguna, una historia del más genuino y hermoso don que han concedido los dioses al hombre….
Es una historia de amor.
Una pequeña luz avanzaba presurosa entre los enormes árboles del bosque de Aki. Podría pensarse, en una noche como esta, que se trataba de un pequeño espíritu del fuego que se había extraviado. Pero la realidad siempre es mucho menos romántica de lo que nos imaginamos. La luz procedía de un farol que portaba un hombre bastante alto, pero mucho menos que las enormes acacias japonesas que lo rodeaban. Este hombre, dicho sea de paso, era muy delgado, y su aspecto recordaba a una vieja vara de sauce con toga de escribano, mojada y ladeada por causa de la lluvia. También podría ser que la escasa luz de su farol y su rápido movimiento nos causaran esa impresión, puede que nunca lo sepamos. Mas otros menesteres cundían en este momento.
Aquel hombre estaba mortalmente helado, y luchaba con todas sus fuerzas para no quedarse parado y morir bajo la incesante lluvia. Tropezaba, caía entre numerosos chapoteos en el lodo que se estaba formando en bosque. El hombre sentía que se le agotaban las fuerzas, los párpados le pesaban, incluso por poco se le cayó su preciado farol, luz de guía y precaria fuente de calor. Pero, no era su destino morir allí esa noche. Fuerzas misteriosas lo guiaban a través de la espesura, conduciéndolo hasta su destino incierto. Milagrosamente, el hombre llegó a un extraño edificio en medio de la foresta. Su techo de forma de pagoda volteaba las gotas de agua, que caían como si de lágrimas se tratasen por los numerosos canalones de los que estaba provisto. Dentro brillaba una cálida luz de lumbre, y se oían débiles risas. Por azares dichosos, había llegado a una especie de posada.
La puerta de la posada se abrió con estrépito, al son del trueno de la tormenta que azotaba el bosque, aumentando de virulencia cada minuto. Los rayos y los truenos, producidos por los demonios de los vientos, se sucedían con una rapidez pasmosa. Y durante esta tempestad que azota la tierra, nuestro hombre entró. Dentro tan sólo había tres personas, incluyendo al posadero, que lo recibió con una cálida bienvenida:
-Veo que la lluvia y el viento no han podido doblegar tu espíritu, extranjero. Mi nombre es Kichi, y soy dueño de la posada Azumi. Cierto es que, en medio de este bosque, no recibo mucha clientela, pero hoy parece que es mi día de suerte. Y el tuyo quizás también, joven, pues estás más pálido que un muerto. ¿Puedo ofrecerle un poco de sake, señor…..?
-Ho….Hotaru, amable posadero.-dijo nuestro hombre extenuado por el esfuerzo, desplomándose acto seguido sobre una silla cerca de la entrada.- Y, ciertamente, hoy es mi noche de suerte. De no haber encontrado su maravillosa posada, lo más probable es que hubiera muerto de agotamiento, de frío o de algo peor. Aceptaría gustoso el sake.
El posadero, tarareando una tonada, se dispuso a servirle una copa al pobre Hotaru, que en ese momento miraba a sus dos compañeros de mesa. Eran dos hombres, uno de ellos muy fornido. Según sus atuendos, el hombre fuerte parecía una especie de samurai o ronin decadente, por su enorme katana y la coletilla que nacía de su nuca, que bebía como un cosaco todo lo que le echaba el posadero. El otro individuo tenía aspecto de monje, por su túnica y bastón colgado a su lado. Ambos miraban fijamente a Hotaru, que tampoco les perdía de vista. Es posible que hubiera tratado con numerosos hombres peligrosos a lo largo de su vida, y esos dos lo parecían, sin duda alguna.
-Eh, tú, Hotacomotellames, ¿qué carajo *hic* miras?- le espetó duramente el samurai.- Te aseguro que esta *hic* katana no es de madera, y*hic* está deseosa de desenvainarse otra vez*hic*.
El posadero, conciliador, sirvió a los dos una ronda de sake, haciendo callar con eso al guerreo ebrio. El monje parecía más pacífico que su ruidoso compañero, y se presentó educadamente ante Hotaru:
- Perdónenos si le hemos importunado, compañero, pero aquí mi amigo tiene muy malas pulgas cuando bebe. Mi nombre es Masuyo, y el de mi compañero es Isamu-dicho esto, se inclinó levemente, mientras que su compañero arqueaba sus pobladas cejas.-Por lo que veo, eres un escritor, ¿cierto?
-Totalmente cierto, honorable monje. Soy el escriba personal del Shogun Kamakura, y me ha dejado vía libre para expandir mis conocimientos y experiencia durante un año, antes de volver otra vez a su servicio. Y poco tiempo después de salir de su palacio, me vi engullido por este maldito bosque, por el que estuve vagabundeando como mínimo tres días. Encontré una pequeña cueva donde resguardarme, mas se quedó anegada con esta tempestad, viéndome obligado a correr por estos parajes como alma en pena. Y gracias a los dioses de que he encontrado esta posada. Y, decidme, ¿por qué gustáis de tan extraña compañía, querido monje? ¿Es acaso este ronin un paje de vuestra merced?- dijo Hotaru bebiéndose de un trago su cuenco de sake. Estaba amargo, y le ayudó a calentarse un poco el estómago, observando a su vez a Isamu con una sonrisa burlona, tomándose su pequeña broma como una venganza.
El guerrero miró a Hotaru con el máximo odio que puede conseguir un ebrio, e iracundo, desenvainó su enorme katana de samurai, apuntando con su afilada punta a la cara del escribano, gritando:
-¡Maldito escriba de los…! ¡Te dije que dejaras de mirarme con ese descaro, perro!- acercó el filo de la espada hasta apenas unos centímetros de la nariz del escritor, que temblaba de terror, lamentándose cada segundo de su estupidez de retar a un hombre armado y ebrio.- ¡Isamu el Grande tendrá que bajarte esos humos de escritorzuelo putero y sabihondo que tienes, así te lo pensarás dos veces antes de insultar a un samurai como yo!
A punto estuvo Isamu de descargar el mortal golpe sobre la cabeza de Hotaru, cuando ocurrió lo inesperado. Masuyo, con la celeridad de un rayo, paró la espada de su compañero con ambas manos, ante la atónita mirada del escritor y el posadero, que se refugiaba detrás de la barra, observando desde distancia prudencial la trifulca.
Masuyo miró a ambos, guerrero y escribano, con suma dureza y frialdad, separándolos con sus fuertes brazos.
-Parece mentira que dos hombres adultos y cabales se peleen como chiquillos por tales estupideces-escupió el monje.-Debería daros vergüenza, y más a ti, Hotaru, por lanzar pullas como si de un vulgar carretero te tratases ¿Acaso no eres un escribano, un hombre culto y ducho en letras? Y tú, Isamu, has estado a punto de romper el Juramento que te obligaste a firmar cuando murió tu señor. ¡¿Acaso no es importante el honor para un samurai, la única virtud que le separa de un vulgar ronin salteador de caminos?!- estas últimas palabras parecieron calar hondo en el guerrero, cual campana de plata, pues capaces fueron de sacarle de su estado de embriaguez y rabia, empañando de lágrimas sus ojos castaños, quizás por un doloroso recuerdo del pasado.
-Masuyo,¡Masuyo, gran amigo mío! Hay días que me pregunto qué haría sin ti ni tu sabiduría- se secó las lágrimas con el puño, volviendo a su natural imagen tosca y fuerte, apartando ese atisbo de humanidad.- Pero este hombre ha mancillado mi honor con esos insultos, y creo que deberíamos castigarle, le estaría bien empleado.
El monje miró con una sonrisa pícara al joven escritor, que aún temblaba de miedo, bajo el pensamiento de un castigo.
-Hum….déjame pensar…Hotaru, has cometido una falta grave para un hombre culto, que es ceder a las provocaciones de uno mucho menos inteligente- Isamu le miró con cara de sorpresa, provocando una risita ahogada de Masuyo.- Visto lo visto, mi compañero no dejará que te marches sin un buen escarmiento. Así que he pensado que podrías hacer una documentación sobre nuestros viajes y aventuras, para así saldar tu deuda con Isamu y conseguir esa preciada experiencia que te hará falta en el futuro. ¿Qué me dices, muchacho?
Hotaru parpadeó asombrado. Se sintió tremendamente aliviado de ver que su castigo no era tan grave, que podría ser, incluso, provechoso. Seguir el transcurso del día a día de esta singular pareja no parecía tan difícil. Aceptó si rechistar.
-Perfecto.-continuó el monje.- saldremos mañana por la mañana, cuando despunte el sol. Más te vale ser puntual, pues a partir de ahora nos servirás como cronista.
Isamu no daba crédito a lo que estaba oyendo: ¿Qué clase de castigo era ese? Parecía más un premio que un escarmiento. Pero la mirada socarrona de su compañero le hizo pensar que el joven no se había librado tan fácilmente.
El resto de la noche se sucedió tranquila y sin más incidentes, para suerte del pobre Kichi, que estaba pensado en perder lo más pronto posible de vista a sus extraños pero únicos clientes.
A la mañana siguiente, después de una noche de sueño reparador, empacaron rápidamente sus cosas, no antes de que Masuyo pagara con largueza al buen Kichi. Hotaru pensó que el monje, pese a su austera forma de vida, podría estar desahogado económicamente. Quizás se le ocurriera pagarle. Isamu lo sacó de sus elucubraciones lanzándole un pesado fardo a la cabeza.
-Deberías tener mejores reflejos si quieres trabajar con nosotros, escriba.
Hotaru decidió no volver a caer en las provocaciones del guerrero. Se limitó a recoger el fardo y su mochila, y salieron fuera, donde ya les esperaba Masuyo. Se pusieron en camino, siguiendo un sendero de tierra completamente encharcado, convertido casi en un lodazal. La marcha resultó cansada y penosa para Hotaru, aunque sus dos compañeros de viaje a penas se veían afectados por las inclemencias del terreno. Al menos había parado de llover.
El escriba se dispuso a averiguar el oficio de sus jefes, en parte para matar el aburrimiento.
-Perdonad si os importuno, camaradas, pero, ya que voy a ser vuestro cronista, me gustaría saber que clase de oficio desempeñáis
Isamu rompió a reír como un desquiciado, mientras Masuyo se limitó a mirar divertido al perplejo escribano.
-Bueno, digamos que nuestro trabajo es bastante…peculiar. Resulta que, nosotros dos, somos la última línea de defensa en estos tiempos oscuros y caóticos. Somos cazadores de demonios- Hotaru miró con incredulidad al monje, mientras que su compañero se revolcaba del suelo de risa.- Sé que suena terriblemente extraño cuando lo oyes por primera vez, pero es todo cierto. Tanto Isamu como yo ayudamos a los aldeanos de diferentes partes de este país a luchar contra las amenazas sobrenaturales que les atormentan. Los aldeanos, a su vez, nos pagan los servicios prestados. Es un trabajo difícil, pero a su vez, gratificante y bien pagado…
-Un minuto, para el carro, Masuyo.- dijo el escriba.- En serio, ¿Pretendes hacerme creer que existen demonios y espantos sobrenaturales, asuntos más propios de un cuento de viejas?
-Mira, Hotaru, te aseguro que si vuelves a dudar de la palabra de Masuyo, te cortaré en pedacitos, ¿entendido?- le gritó Isamu, que ya le echaba mano a la espada
-¡Isamu, tranquilízate, maldita sea! Es nuestro compañero de viaje, pero aún es joven e inexperto. Es normal que se extrañe de nuestro oficio.- dijo conciliador el monje, cuyas palabras parecían tener un efecto sedante sobre el samurai.- Dejemos que compruebe por si mismo si lo que estoy diciendo es verdad o embuste. Acamparemos aquí. Tenemos tres horas a grado sumo para montar las tiendas y encender un buen fuego. En esta parte del bosque se ocultan seres peligrosos.
Sin apenas darse cuenta, Hotaru percibió que estaba atardeciendo. La caminata se le había pasado volando con las explicaciones del sabio monje, pero aún no terminaba de creerse el extraño oficio que desempeñaba la pareja errante. ¿Estarían ambos completamente locos? Lo descubriría muy pronto. En apenas dos horas y media, habían construido un pequeño campamento a la orilla de un plácido río de aguas profundas y oscuras. Las hojas caían suavemente en la superficie del agua, provocando ondas leves y hermosas, dejándose llevar por la suave corriente. Costaba creer que allí se fuera a producir un encuentro demoníaco, pensaba Hotaru.
Asaron una pata de cabrito salvaje que habían comprado en la posada antes de marcharse. El bosque se impregno de un delicioso olor a carne recién hecha. Imperceptiblemente, las aguas del río comenzaron a burbujear tímidamente. Isamu levantó la cabeza, olisqueando el aire alrededor de él, mientras miraba mordazmente al río, como si de un enemigo se tratase.
-¿Tú también lo sientes?-dijo el samurai con voz queda al monje, que asintió gravemente.- Tenemos que estar preparados, pero que no se de cuenta de que nos hemos percatado de su presencia.
-¿Presencia?-dijo Hotaru.- ¿A qué os referís, buen guerrero?
-¡Cállate idiota, nos vas a delatar!- le chistó el monje.- Tu espera y verás que los cuentos de viejas siempre tienen una terrorífica verdad oculta…
Hotaru se dio la vuelta, mirando hacia el río, aterrado. Su cristalina superficie comenzó a bullir burbujas que se elevaban malignamente hacía el firmamento, seguidas de una risa hueca y burlona. Una enorme sombra salió reptando de las aguas, en dirección a la hoguera del campamento. Un pantagruélico ser de miembros raquíticos y aspecto monstruoso se acercó a nuestros aventureros con paso renqueante. Su cara estaba terriblemente deformada por un asqueroso pico de pato, con dos rojos y aviesos ojos encima. Sus cabellos de color verde oscuro, parecido a algas infectas, dejaban un espacio en forma de plato vacío en el centro de su cabeza. Sus luengas extremidades estaban acabadas en unas garras palmeadas, que rezumaban lodo de río y estaban cubiertas por entero de moluscos. Por último, y como detalle más aterrador e inhumano, la encorvada espalda de la criatura estaba coronada por un caparazón en forma de cuerno, afilado y pegajoso. Hotaru no pudo reprimir un grito ahogado de horror:
-Es…es…. ¡un kappa!
Isamu tomó presto su espada, bajo la mueca burlona de aquel horrible ser, aborto de la naturaleza, mientras que Masuyo realizaba extraños e intrincados gestos con las manos sobre un trozo de papel. El escribano corrió a ocultarse detrás de unos fardos con comida, esperando pasar desapercibido, pero a la vez para anotar todo lo que veía y oía.
Los hechos que estaban pasando delante de sus ojos eran tan irreales, que quizás tan sólo se tratara de un sueño. El samurai lanzaba mandobles a diestro y siniestro, siendo estos esquivados con facilidad y enorme destreza por el kappa. Pasado un tiempo, el monje dejó de realizar los extraños sellos con las manos, y lanzó el trozo de papel hacia la cabeza de la criatura, atado en un cuchillo arrojadizo. El proyectil se clavó profundamente en la testa del kappa, que quedó paralizado acto seguido. Momento en el que el guerrero aprovechó para vaciar el líquido de su cabeza. Después, todo sucedió sumamente deprisa. El kappa despertó de su letargo, y al verse sin la fuerza milagrosa del líquido, intentó huir, mas Isamu se lanzó katana en ristre, clavándole la espada en el corazón. La asquerosa criatura desapareció emitiendo un gorgoteo, y tan sólo quedó de él un pequeño montón de cenizas.
-Y bien, ¿te parece esto lo suficientemente real?-dijo el sonriente monje ante el anonadado Hotaru.- Espero que lo hayas apuntado todo.
-Euh… ¡sí, sí señor!
-Bien, bien, escribano-le palmeó en la espalda Isamu.- Parece que no eres tan inútil después de todo. Ahora, intenta dormir. ¡Qué no te coman los Onis!- y acto seguido soltó una risotada.
Por supuesto, el pobre escribano se sentía demasiado excitado para dormir. Tenía la sensación de haber descubierto una realidad totalmente diferente a la cotidiana, y no cesaba de pensar qué consecuencias le acarrearía todo eso. Su mente calenturienta trabajó sin descanso toda la noche, manteniendo una mirada febril a la silenciosa superficie del río, por si acaso detectaba el más leve movimiento sospechoso en su caudal…pero no ocurrió nada.
El amanecer encontró a un Hotaru terriblemente cansado, pues no había pegado ojo. Pese a la falta de sueño, el joven tenía un millar de preguntas que hacerles a los dos cazadores de demonios. Mientras tomaban un frugal desayuno compuesto por setas y un par de huevos de oca que encontraron en el cauce del río, el escribano intentó saciar su sed de conocimientos:
-Amigos, perdonadme si os importuno, pero…-empezó Hotaru, mas Masuyo lo cortó en seco.
-Sé lo que quieres preguntarnos, joven escriba. Pero todo a su debido tiempo. Primero, necesitas saber cosas sobre los demonios a los que nos enfrentamos y como combatirlos sin resultar malherido o muerto. Después podrás aprender unas pequeñas nociones de esgrima con Isamu, si él se presta-El guerrero miró a Hotaru divertido, con una de esas miradas que te provocan un corte de digestión inmediato.- No te estamos intentando convertir en un gran guerrero ni nada por el estilo. Tan sólo te damos un margen de supervivencia…más alto, por así decirlo. Ha sido un detalle que dejamos un poco endeble al ‘’contratarte’’ fortuitamente.
Una parte del fuero interno de Hotaru le instaba a empezar a correr como un poseso a través del bosque, intentado escapar de la situación en la que voluntariamente se había metido. Pero la otra parte, curiosa, ansiosa de aventuras, libertad y emociones, quería ver como seguía desarrollándose el asunto. Volvió a aceptar con un leve movimiento de cabeza.
-Perfecto, si no te importa, sigamos hablando mientras caminamos…
El resto del día se compuso de largas explicaciones de Masuyo sobre demonios, o como el lo llamaba, demonología, ayudado a su vez por Isamu, que añadía detalles inconclusos y un poco de información extra. Mas, el escriba se mostraba receptivo. En un solo día aprendió toda la orden jerárquica de los tengu y sus grados de peligrosidad, al igual de cómo enfrentarse a un oni y no morir en el intento.
Durante ese día, y los siguientes que lo sucedieron uno tras otro, entre estos tres hombres se fue creando un enorme y hermoso lazo afectivo y amistoso, tratándose cómo hermanos entre ellos. Las peleas entre Isamu y Hotaru fueron cada vez menos frecuentes, hasta ser erradicadas como si de una plaga se tratasen. El aire del inmenso bosque de Aki parecía condicionar a ello, puesto que la primavera estaba dando comienzo, y los árboles comenzaron a producir jugosos aromas y vistosos colores de flores, especialmente los cerezos, que ese año tenían un color rosado especialmente vivo, y tal fragancia que era capaz de resucitar a los muertos. Nunca mejor dicho.
Una noche, el monje y el guerrero se sintieron preparados para decirle su misión en el bosque.
-Unos aldeanos nos pidieron desesperadamente que aceptáramos este encargo…resulta que un tipo de demonio está atacando a los jóvenes varones del pueblo, en las noches de luna llena. Desaparecen durante la noche, sin dejar rastro alguno y, a la mañana siguiente, aparecen con el torso totalmente desgarrado, y sin la mitad de la cabeza.-dijo Masuyo
-Mas, no tenemos ni la más remota idea de qué tipo de criatura o demonio puede ser.- puntualizó Isamu.- Estamos perplejos. Creemos que nosotros dos no podríamos encontrar a ese engendro solos. Pero.-le sonrió.-ahora te tenemos a ti, pequeño escriba.
-Eh, pero, casi no tengo experiencia en el enfrentamiento con tales seres.-replicó Hotaru.- Y más sin saber de que diablos se trata, lo más probable es que dure cinco segundos contra él.
-Tonterías. Estás más que preparado para tu primer enfrentamiento real contra demonios. Al menos para los comunes. De todas formas, seguro que te desenvuelves bien, Hotaru.- repuso el monje. No valía la pena discutir contra él, siempre encontraba una forma de convencerte. Aunque te condujera a una muerte segura.
-En fin, ya veo que es imposible haceros cambiar de parecer. ¿Cuándo comienza la cacería?
Isamu se levantó, cogiendo un poco de tierra del suelo, y, olisqueándola, la lanzó al aire de manera misteriosa, flotando las partículas de arena, suspendidas en el viento.
-Esta noche…
Montaron su campamento en un claro del bosque. Habían hecho una gran hoguera, con el fin de que los alrededores fueran más visibles.
-Es en esta zona donde aparecen los cadáveres, según nos han dicho los aldeanos.-dijo Isamu, afilando su enorme espada.- Tenemos que andarnos con cuidado.
Pasaron buena parte de la noche en vela, escudriñando el terreno, buscando cualquier rastro de presencia demoníaca, cuando, a las tres de la mañana, Hotaru oyó un ruido procedente de unos arbustos a su izquierda. Le hizo unas señas a Isamu, que se levantó lentamente empuñando su katana, mientras que Masuyo hacia lo propio con sus rollos de pergamino y sus sellos. Un leve crujir de ramas indicó que, fuera lo que fuera que había en esos arbustos, corría a toda velocidad, escapando de la luz de la fogata.
-¡Mierda, nos ha descubierto!-maldijo el monje. Cogió todos sus rollos y encendió una antorcha.- Vamos, Isamu. Ese maldito no se nos puede escapar ahora. Tenemos que evitar que vuelva a matar.
Los dos hombres corrieron con la antorcha, hasta perderse en la oscuridad del bosque, siguiendo el rastro de la bestia desconocida…sin reparar en Hotaru, que estaba demasiado ocupado recogiendo sus materiales de escritura para hacer la crónica de la batalla, si esta llegaba a producirse. Maldijo en voz baja su falta de previsión, pues ya no podría seguirlos a través de los finos jirones de oscuridad que rodeaban el campamento. Impotente, se decidió a esperar a los dos cazadores, sentado, junto al fuego. Pero, el cansancio y el sueño pudieron vencerle al fin y se quedó dormido.
El bosque de Aki se silenció, expectante, flotando en las cadenciosas corrientes del Destino. El claro comenzó a inundarse de un extraño y salvaje perfume, sacado de las mismísimas flores del Edén, un aroma que incitaba a gritar en viva voz de águila, de correr grandes distancias, de trepar a los árboles y mirar hacia abajo, como rey de
Cuando las vaharadas del misterioso y divino perfume se disiparon del aire, una clara voz femenina, transparente como el cristal, brillante como
Sobre la fuente, se encontraba una hermosa joven, de largo cabello negro, delicadas facciones y nívea tez, palideciendo los rayos de luna en su comparación. Iba vestida con un largo kimono blanco, vaporoso, que bien parecía hecho de jirones de niebla. De su hermosa figura, sólo dejaba entrever los pies, que jugueteaban mansamente en las aguas del manantial. Era la mujer más bella que había visto el pobre escriba. Y era ella la que cantaba la hermosa y embrujadora canción. Las dulces notas que escapaban de sus finos labios, prófugas del Paraíso, hacían gestos arabescos en el aire, empujadas suavemente por el cálido aliento de la dama.
Hotaru podía haber contemplado a la bella joven toda la noche, sin apenas mover un músculo, sin apenas respirar, tan sólo alimentándose de las puras notas que surgían de tan hermosa y brillante criatura. Su corazón comenzó a latir fuertemente, se sintió paralizado, hechizado por la vista de esa mujer, que aún no reparó en su presencia. Decidió acercarse a hablar con tan hermoso ángel, quizás para asegurarse de que no se trataba de un sueño. Consiguió hacer trabajar a sus entumecidos miembros, y dio unos pasos renqueantes hasta la fuente.
-Perdone, señorita…- la hermosa dama cortó el maravilloso torrente de su voz y miró al escriba extrañada.- Es…estaba paseando por el bosque y…-las palabras se hacían un nudo en la boca de Hotaru, mientras que ella clavó sus profundos ojos negros en su mirada.- Eh...y escuché su canto, y me extraño mucho que una mujer…eh, tan…guapa estuviera en este bosque sola. Y…
La bella dama rompió a reír a carcajadas, tan melodiosas como el fluir de un arroyuelo. Su risa martilleaba lentamente los oídos del escribano, absorto y perdido en los oscuros ojos de la joven. Sonrió, y al fin se dispuso a hablar:
-Tampoco es muy común ver a hombres tan poco diestros al hablar con una chica, ¿no crees...-le escrutó de arriba abajo, con una media sonrisa.- escriba?
Hotaru estaba demasiado abstraído mirando la sensual boca de la dama, pese que por ella estuviera saliendo veneno. No podía dejar de seguir con sus ojos las suaves curvas de sus labios, sus blancos (aunque imperceptiblemente afilados) dientes de nácar, y su sonrisa. Reaccionó a tiempo a la pequeña provocación, sin darse cuenta de que se enfrentaba a una mente más inteligente que la suya. Más antigua y malvada de lo que nunca pudo creer el escriba.
- Quizás tan sólo es que no has conocido a muchos, mi señora.- repuso Hotaru, con su desparpajo habitual.- Créeme, tan sólo me dejé deslumbrar por su belleza y hermoso canto.- inclinó levemente la cabeza, sin apartar la vista.- Mi nombre es Hotaru.
La dama se levantó de un salto, ejecutando una cabriola en el aire, cayendo impecablemente con agilidad felina inmediatamente después, flotando su vaporoso kimono blanco a modo de fantástica estela. Su estilizada figura se recortaba ante la luz de la luna. El escriba estaba tremendamente asombrado, por la agilidad de su compañera que parecía, literalmente, flotar en el frío aire de la noche.
-Veo que se te ha soltado la lengua. Mi nombre es Yukiko.
-Y, podría decirme, señorita Yukiko, ¿qué hace usted sola en tan oscuro lugar en tan oscuras horas?
El níveo rostro de la joven se oscureció levemente, y desvió la mirada de Hotaru, perdiéndose en sus propios pensamientos.
-Bueno… yo vivo en una casa en medio de la floresta… no muy lejos de aquí, con…con…mi padre enfermo.- la dama se tomaba su tiempo para concordar una frase con otra, como si se tratara de un recuerdo largamente olvidado en los sombríos rincones de su memoria.- Lo cuido todo el día, sin que el pobre tenga fuerzas para siquiera levantarse de la cama. Y…cuando se queda dormido, salgo a pasear por estas frescas soledades, donde canto un poco para aliviar las penas del día.
-Pues, cantas muy bien, Yukiko.- dijo Hotaru sonriendo tiernamente
Debió resultar un comentario grato para la dama, que reía, aunque débilmente, aún su cara ensombrecida.
-No digas tonterías, escriba.- un ápice de dureza reptó sibilinamente en su pura voz, acallando la risa.- No canto bien, canto para mí, que es suficiente. Tan sólo es un escape. Y nada más.
- En fin, lo que tú digas.- se rindió Hotaru.- Mas, para mi siempre cantarás como un ángel.
Un leve rastro de luz cruzó el rostro de porcelana de la joven. Volvió a sonreír un poco, fugazmente, como la última vez.
- Gra...gracias, supongo. Pero, nah, déjalo.
Su conversación se prolongó largo y tendido. Hablaron de muchas cosas, temas banales en su mayoría, pero que para ellos adquirían un significado bello y profundo. Árboles, aves, estrellas, nubes, lluvia…. Nada escapaba del control de la inteligente Yukiko. Hotaru también sabía ciertas cosas, pero… las explicaciones con la hermosa voz de la joven, sus detalles, sus intrincados giros que realizaban al deslizarse suavemente por su lengua y sus gestos cabalísticos en el aire, conferían ‘’alma’’ y ‘’cuerpo’’ a todo lo que se refería, tanto, que casi podías tocarlo. Muchas veces, los dos jóvenes callaban, tan sólo mirándose el uno al otro, perdiéndose Hotaru en las inmensas y negras pupilas de Yukiko, ojos tan llenos de vida, y a la vez tan muertos.
Sin darse apenas cuenta, llegó disimuladamente el alba, mostrándose Yukiko cada vez más nerviosa, sin dejar de mirar el sol naciente.
-¿Te pasa algo, señorita?
-No, no, Hotaru, tan sólo que está amaneciendo y he de irme a cuidar a mi padre.- su piel se tornó de una palidez cadavérica, dando la impresión de que su vestido era una blanca mortaja sobre un cadáver, ondulando por la caricia de la suave brisa matutina.
-¡Tan pronto! Dioses, Yukiko, me entristece verte marchar, pero, me gustaría que nos viéramos otra vez.
-Escrib…Hotaru, mira, lo siento mucho, pero…- los castaños ojos de Hotaru la observaban, ávidos, incrédulos, junto con una expresión triste. No le podía hacer esto. No podía dejarlo desvalido como un cachorro. Ella sabía que él la amaba. Quiso arreglar es asunto, postergando lo inevitable.- pero parto mañana a hacer un largo viaje, en busca de medicinas para mi padre. No te preocupes, volveré dentro de un mes. Espérame aquí durante la próxima luna llena, es posible que vuelva.
-¿Eso quiere decir que te volveré a ver?- dijo esperanzado el escriba.
-Quizás.
La dama comenzó a andar rápidamente, con sus mágicos pasos de hada, hacía la espesura, y, justo antes de perderse entre las sombras del bosque, volvió lentamente su cabeza, susurrando al viento:
-Quizás…
La luz solar llegaba a raudales desde el incandescente disco que comenzaba a mostrar su dorado rostro, llevándose con él las sombras y la oscuridad de la noche pasada. Y los sueños.
En la profunda foresta, donde aún no llegaba la cálida luz, dos jóvenes escogían caminos opuestos, llegado el nuevo día. Hotaru tenía la cabeza hecha un completo lío, una maraña espesa de sentimientos confusos y extraños para él. La noche que pasó con Yukiko lo había marcado profundamente. Su corazón palpitaba raudo cada vez que pensaba en ella, no podía apartarla de su pensamiento, ni a su boca, ni a su figura y sus profundos ojos oscuros e insondables, como zambullirse en las profundidades de un abismo marino en el que acababa de entrar. Una parte de su alma se había ido con la bella dama…Pero ahora, sus prioridades eran bien distintas.
Tenía que volver sobre sus fantasmagóricos pasos hasta la hoguera del campamento. Posiblemente, sus compañeros estarían preguntándose dónde estaba. Aspiró profundamente, llenándose los pulmones con el aroma a rocío y pino que emanaba el bosque, mientras escrutaba el suelo, en busca de una posible huella suya. Sonrió con satisfacción. Había encontrado el rastro.
Mientras tanto, al otro lado del bosque, Yukiko también se hacía numerosas preguntas. Nunca antes había visto una persona como Hotaru, nunca había sentido amor por un hombre, al menos…no desde hace mucho tiempo. Demasiado. En su corazón existían heridas profundas, que la llevaban a una desconfianza total por el género masculino, llegando incluso al odio. Odio y rabia por lo que un hombre le había hecho una vez. Dolor y lamentaciones por haber sido tan estúpida como para caer en sus redes. Tan idiota para morir…Pero, Hotaru era diferente, muy diferente a la realidad que ella recordaba. Olfateó un poco la tierra mojada del sendero, y huyó, escapando de su enemigo, el sol. Pues Yukiko era un espectro…y aún se preguntaba porqué había dejado con vida a un hombre, aquellos que tantos quebrantos le habían causado en el pasado, cuando ella tenía un corazón palpitante.
Se preguntaba qué había refrenado su instinto asesino. Ella recuerda sus ojos, su voz, su sonrisa. No siente odio por él. No quiere hacerle daño. Yukiko va desapareciendo en el fresco aire de la mañana. Está enamorada. Y condenada, según se mire.
Hotaru Llegó al campamento, donde unas tímidas pavesas eran todo lo que quedaba de la hoguera de la noche anterior. Sus dos compañeros estaban recogiendo los equipos, dispuestos a marcharse. La cara del escriba se puso lívida. Temía que si se marchaban del bosque, nunca volvería a encontrar la fuente de Yukiko, pues estaba bien escondida. Isamu reparó en su presencia:
-Vaya, vaya, aquí está nuestro escriba pródigo.- arqueó las pobladas cejas.- ¿dónde te habías metido, Hotaru? Te hemos buscado por todas partes.
- Estaba…por ahí, buscado setas.- mintió, cosa que se le daba fatal. Intentó cambiar de tema rápidamente.- ¿Qué tal os fue la caza del demonio?
Masuyo se acercó meneando una liebre muerta.
-No tal como esperábamos. Pero al menos nos servirá de desayuno. Seguro que te viene bien un poco de comida caliente. Estás pálido como un muerto, muchacho.
Isamu se rió por lo bajini mientras apilaba leña, con el fin de resucitar la fogata.
-Es lo que tiene recoger setas a la luz de la luna, ¿eh?
-¿Setas? ¿En esta época del año.- el monje le pegó una colleja a Hotaru.- No sé a quién pretendes engañar.
Hotaru estaba completamente asustado. No quería decirles que había conocido a una chica la noche anterior. Seguramente, Isamu se reiría de él, y Masuyo, le freiría a preguntas. En realidad no era un problema real, tan sólo una simple vergüenza infantil, impropia de un adulto, a reconocer el amor. De todas formas, aún tendría que ingeniárselas para mantener el campamento en el mismo sitio durante un largo mes. Tenía que hacerlo por ella, por Yukiko. No tenía más remedio que engañarles.
- En realidad, he visto al demonio.
Sus compañeros, sus hermanos, le miraron con los ojos desorbitados de alegría. Hotaru estaba sufriendo las punzadas del remordimiento en su sien. Ciertamente, sus compañeros necesitaban el dinero de la recompensa desesperadamente. Hizo de tripas corazón y prosiguió:
-Iba a seguiros cuando apareció. Era muy alto, de color rojo y tenía tres ojos. Llevaba también una enorme cachiporra.
-Ahh, un Oni.- puntualizó Isamu.- Es un demonio bastante común. Aunque el comportamiento de este es muy extraño ¿Qué ocurrió entonces?
-Tan sólo me miró y desapareció entre la maleza.
- Si te ha visto, ese cabrón pendenciero seguro que vuelve aquí en busca de pelea. Bien hecho, Hotaru.
Sus compañeros de viaje lo colmaron de elogios, pero, el escriba los había traicionado completamente. Él ya sabía el aspecto y la naturaleza de los Onis. No lo había elegido a la ligera, su carácter violento les obliga a buscar enfrentamientos constantemente, cuando encuentran un rival digno. La espera de su vuelta le haría ganar un poco de tiempo a Hotaru, pese a que se les escapara la criatura real, que seguiría causando estragos. Le importaba bien poco cuantos aldeanos más murieran, se dijo, y que sus compañeros estuviesen faltos de dinero. Lo único que le importaba era volver a ver a Yukiko, costase lo que costase.
Los días primaverales pasaban perezosamente, como una tenue nubecilla veraniega, dejándose llevar por los vientos de levante. El calor también comenzó a hacer acto de presencia, y las incesantes cigarras zumbaban monótonamente, tan sólo para ser sucedidas por una multitud de grillos al caer la noche. Hotaru veía pasar con ansiedad cada minuto de cada hora, impaciente con su futuro encuentro con la joven. Faltaba, ciertamente, muy poco, apenas unas horas, pero cada segundo desgarraba su piel cual aguja ponzoñosa. Había conseguido mantener el campamento durante un mes entero en el mismo sitio, uniendo su primera mentira a una sucia y asquerosa maraña de embustes aún más grande para mantener a sus compañeros esperando, ahí, donde Hotaru deseaba estar.
Engaño tras engaño, su alma se veía resentida por los eternos pinchazos de la culpa, que amenazaba con destruirlo. El escribano tenía a Masuyo e Isamu como su única familia en la tierra. Recordaba su infancia en el orfanato, las continuas burlas, las vejaciones, el hambre, el frío, el dolor…la tristeza. Nunca había tenido a nadie que se preocupara por él, ciertamente, aunque tuvo mucha suerte de aprender a leer y a escribir. Gracias a ello pudo salir de la miseria, consiguió convertirse en alguien. Tuvo un futuro mucho mejor que el de sus compañeros de orfandad, la mayor parte muerto en trifulcas callejeras, otros, obligándose a sobrevivir vendiendo su cuerpo y mendigando, seres de sombra, cuyo único consuelo era la dosis de opio suficiente. No. Todo eso acabó…ahora había encontrado a su familia, al monje y al samurai, a los cazadores de demonios. Aunque, ahora, había encontrado algo más, una persona con la que querría pasar el resto de sus días. Pero, él no sabía si sus sentimientos eran afines, si ella sentía lo mismo. Temía y rezaba por que llegara el momento de verla otra vez. Así, sus mentiras tendrían expiación, se pondrían fin a sus penurias, y al dolor. Al cuerno con el Shogun, no le importaba no volver a su servicio. Lo único que deseaba era estar con Yukiko…para siempre.
Isamu lo sacó de sus ensoñaciones.
-Hotaru, tenemos que hablar.- lo llevó a un rincón apartado del fuego que acababa de encender ,donde Masuyo se entretenía tirando ramitas a las chispas militantes,. Ya llevamos un mes entero en la más pura inactividad, tan sólo esperando, ¿el qué?, una quimera, seguramente.- Hotaru lo miró con extrañeza. El samurai era más listo de lo que aparentaba.- Mira, ya me estaba oliendo desde hace cierto tiempo que lo que nos contaste sobre el oni era mentira. No tiene ni pies ni cabeza, por el amor de los dioses, Hotaru. Y no sé Masuyo, pero yo ya estoy harto. ¿Qué nos estás ocultando?
Hotaru sonrió levemente, queriendo probar su inocencia.
-Isamu, ¿qué tonterías dices? Yo no estoy…-empezó
Isamu desenvainó la espada con la celeridad de un rayo, arrinconando de un empujón al escriba y poniendo su afilada katana en su cuello.
-¡Maldita sea, déjate de juegos! Dime tan sólo la verdad, Hotaru. Eres mi hermano, no me obligues a hacerte daño.
Hotaru se sintió tentado a contarle la verdad, pero la eterna imagen de Yukiko en su mente le impedía decirla. Llegados a estas alturas, el escriba no quería que ellos llegasen a saber su existencia. En parte ahora por que seguro que le recriminarían el retraso por su culpa. Aunque en lo más hondo de su corazón, no quería que la separasen de su lado, por que tendrían que volver a ponerse en camino y ella no podría acompañarlos por la delicada salud de su padre. Su cabeza estaba completamente hecha un lío, su corazón, dividido. Y tan sólo podía hacer una cosa.
Actuar.
Deshizo la presa que Isamu le estaba haciendo, aunque se cortó la mano izquierda en el intento. Pero ya no sentía dolor. La sangre manaba de su herida, caliente, pegajosa, pero no le prestaba atención. Golpeó con la parte plana la cabeza del sorprendido samurai, al que no le dio tiempo a reaccionar. Inmediatamente, corrió hacia las oscuras sombreas del bosque, que cada vez se alargaban más. Había elegido a quién dar su corazón. Había elegido a Yukiko.
Corriendo entre la más profunda oscuridad, tropezando con las zarzas y matorrales, Hotaru se abría paso hasta la fuente, huyendo de sus dos compañeros. Masuyo ya debió darse cuenta de su desaparición y el desmayo de Isamu, pero el escriba no estaba del todo seguro de haberlo dejado inconsciente. Quería encontrarse con Yukiko cuanto antes. En la fuente estaría seguro.
Ensangrentado por las zarzas, y con el dolor palpitante de su mano, que comenzó a hacer acto de presencia, se zambulló en la luz del claro, luminado por la luna llena más grande que había visto en su vida, mas rodeada de negras nubes de tormenta.
La fuente de aguas putas, cristalinas, que manaba del suelo, le dio la bienvenida junto a su daba, que se remojaba los pies.
-Yu…Yukiko.- dijo Hotaru, extenuado, mientras se sujetaba la mano sangrante.
La dama dejó escapar un grito de horror, y se lanzó a socorrerle.
-¡Hotaru! ¡Hotaru! ¿¡Qué te ha pasado!? Oh, dioses, tu mano…
La mano de Hotaru colgaba flácida, ennegrecida, sin vida. Hotaru no debió reparar en que la espada de Isamu debía estar preparada para la lucha contra lo sobrenatural, tenía hechizos antiguos y ponzoña poderosa. Y ahora, su mano ardía. Junto con su brazo, donde se extendía el tejido necroso.
- No importa, Yukiko, Ya nada importa, ahora que estoy contigo.- intentó tocar su bello rostro, pero su mano se desvanecía en él, como si de humo se tratase.- No…no puedo tocarte ¿Qué…?
-Hotaru, tengo que explicarte tantas cosas.- lo interrumpió, mientras le miraba gravemente con sus ojos oscuros.- Yo…
En ese preciso momento, dos sombras llegaron corriendo al claro, Eran Isamu y Masuyo, listos para luchar contra Hotaru y vengarse…
- ¡Suelta a mí hermano, zorra!- gritó el samurai.
O quizás no…
-Hotaru, ¡apártate de ella, es peligrosa!
- ¿Masuyo?-dijo débilmente el escriba
-Tienes suerte de que hayamos llegado a tiempo.- el monje miró con odio a la dama mientras el samurai puso la espada en ristre.- Debí darme cuenta mucho antes. Últimamente estabas muy ausente. Y las mentiras, la mirada perdida, dioses, soy estúpido.- maldijo el monje.- ¡Debí saber antes que este espectro te había embrujado!
Hotaru se levantó de una manera rabiosa, poniéndose delante de Yukiko, queriendo protegerla.
-¡Masuyo, Yukiko no es ningún demonio, es una persona de carne y hueso! Y le amo.- miró a los ojos de su dama, mientras se llenaban de lágrimas.- Y aunque un fantasma fuera, ¡La amaría de igual forma!
Isamu se acercó al escriba, aún con la espada levantada.
-Hermano, no digas tonterías. Es obvio que esta bruja te ha hechizado ¿No lo entiendes?
¡Ella es el demonio al que debemos poner fin antes de que haga daño a más gente!
Hotaru se quedó congelado, sin poder dejar de mirar al único ser que había amado.
-¿Es cierto eso, Yukiko?
La joven no sabía que responder. Clavó sus oscuros ojos lacrimosos en Hotaru. Él no se podía sentir más traicionado. Todos sus ideales, su familia, sus amigos, los había perdido por el amor de esa dama, un monstruo. No sabía bien que hacer.
Sin que los dos enamorados se percatasen, el samurai se acercaba corriendo, agitando su katana con furia, mientras Masuyo preparaba numerosos sellos. Hotaru decidió lo que a él le parecía correcto, para bien o para mal, aunque pesara en su conciencia. Para siempre.
Gritando, paró con su brazo moribundo el golpe mortífero que iba dirigido a su amada, y pegó un cabezazo al samurai, que cayó de bruces al suelo, soltando la espada. Hotaru sacó su cuchillo de montaña, frente al incapacitado samurai, dolido por el golpazo. Lo degolló sin mediar palabra, mató a uno de sus únicos amigos en la tierra, en un abrir y cerrar de ojos, de la manera más piadosa posible. Yukiko gritó horrorizada, por la grotesca escena. Masuyo observó con los ojos desorbitados la muerte de su compañero de fatigas a manos de una persona que consideraba de su familia. Y todo lo que pudo decir Hotaru fue:
-Lo siento, hermano.
Avanzó vacilante, intentando olvidar lo que acababa de hacer, y concentrándose en su siguiente enemigo, que caía de rodillas, sollozando, incapaz de actuar, abrumado por lo que acababa de ver. Hotaru avanzaba a tientas, levantando el cuchillo, amenazante, en su afán de proteger a su amada. Lo descargó contra Masuyo, pero, para su sorpresa, era él el que sangraba. El monje le había clavado una daga en su corazón.
Todo se volvió oscuro. Hotaru respiraba dificultosamente, mientras miraba por última vez a su amada, que gritaba su nombre. Pero él ya no oía nada. Ya no sentía nada. Tan sólo alcanzó a ver a Yukiko abalanzándose iracunda sobre el monje. Lo estaba destripando furiosamente, con sus suaves manos blancas, ahora teñidas de sangre. Pero ya nada importaba. Nunca más volvería a verla. Tampoco sintió el abrazo que le dio, apretándole contra su níveo pecho, traspasándole su etéreo cuerpo, ni sus lágrimas, que derramaba sobre él. Ya no pudo sentir nada.
Finas gotas de lluvia comenzaron a caer lenta, pero enérgicamente sobre el bosque de Aki, inconmovibles ante la escena que se había llevado a cabo. Los tres cuerpos que yacían sobre el claro de la fuente, uno de ellos abrazado por una blanca dama, que parecía estar hecha de luz, mientras lloraba amargamente, acompañando a las cadenciosas gotas de lluvia. Hay historias que merecen ser contadas. Historias de hombres buenos, de mujeres hermosas, de lugares de fantasía. Historias de amor. Pero, aunque se crea que el amor es color de rosa, es una gran mentira. No existe el amor sin sufrimiento, a la vez que no puede existir el sufrimiento sin el amor. El amor es todo y nada, el amor es dolor y gozo. El amor es de color rojo.
Un relato dedicado a una querida amiga.

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